COVID-19

El COVID-19 ha sido el impacto global más grande que ha visto nuestra generación. Ha sacudido desde las naciones más poderosas hasta las más débiles. Esto ha sacado al mundo entero de esa zona de confort que han creado las redes sociales junto con las tecnologías más avanzadas al alcance de nuestra mano. El ser humano había llegado a un punto donde se creía un pequeño dios que podía controlar todo, bastaba con decir “Alesa, enciende la luz” y sucedía instantáneamente.

Esta crisis de salud mundial nos ha permitido ver lo vulnerables que somos y que todavía Dios sigue siendo el soberano, el que tiene control absoluto de todas las cosas, entre ellas la vida y la muerte. Para nosotros los hijos de Dios esto no es nada extraño, pues sabemos que la desobediencia a Dios producto del pecado trae todo tipo de consecuencias. Deuteronomio 28 dice que si no ponemos por obra sus mandamientos vendrán muchos males, y el verso 61 nos advierte de enfermedades y plagas que no están escritas en la Palabra de Dios. Y lo peor es que ni la ciencia puede detener esto, porque tan pronto descubran la vacuna contra el Covid-19, para el próximo invierno habrá mutado a otra forma de virus.

El temor se apoderado de personas, familias y gobiernos enteros al ver su impotencia ante la situación, y es porque por primera vez hay algo fuera de control que produce la muerte, y la gente nunca ha estado preparada para enfrentar esta realidad de la vida.

Pero este no es el asunto que nos debe causa miedo, porque el mismo Señor Jesucristo en Mateo 10:28 dijo: No temáis a los que matan el cuerpo, mas el alma no pueden matar; temed más bien a aquel que puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno.

Es verdad que un virus puede causar la muerte del cuerpo, pero no del alma, así que la preocupación más grande debería ser por el virus llamado pecado que causa la muerte eterna del alma.

Es tiempo de reconocer nuestra condición humana inclinada al pecado, y prepararnos no para resistir al Covid-19, sino para recibir el único agente inmunológico contra el pecado que es la sangre de nuestro Señor Jesucristo, la cual fue derramada en la cruz del calvario para traer el perdón para nuestro pecado y protección aún a nuestros cuerpos físicos, como lo dice Salmos 91:1-7, “El que habita al abrigo del Altísimo morará bajo la sombra del Omnipotente. Diré yo a Jehová: Esperanza mía, y castillo mío; mi Dios, en quien confiaré. Él te librará del lazo del cazador, de la peste destructora. Con sus plumas te cubrirá, y debajo de sus alas estarás seguro; escudo y adarga es su verdad. No temerás el terror nocturno, ni saeta que vuele de día, ni pestilencia que ande en oscuridad, ni mortandad que en medio del día destruya. Caerán a tu lado mil, y diez mil a tu diestra; mas a ti no llegará”.

Que bendición tenemos los que estamos bajo de sombra del Todopoderoso, porque allí hay protección como había en las casas de los hebreos cuando cayeron las plagas sombre los egipcios. Y era porque en la puerta de sus casas estaba la sangre de un cordero como señal que allí no podía entrar el destructor. De la misma manera, hoy nuestras casas tienen la sangre del Cordero que fue inmolado en la cruz, para traernos vida y protección.

Que este tiempo en lugar de alarmarnos o aterrorizarnos, nos compunja y nos lleve a una búsqueda más intensa de la presencia de Dios, a disfrutar de la paz que solo Él puede dar, y traer esperanza a aquellos que no conocen a este Dios maravilloso y viven en temor y ansiedad.

0 comentarios

Añadir comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *